El pasado 1 de Junio falleció Richard Leonard Adelman, más conocido como Rick Adelman, legendario entrenador de la NBA, que se encuentra entre el puñado de leyendas del banquillo que alcanzaron las 1000 victorias en sus carreras, junto a nombres tan ilustres como los de Pat Riley, Phil Jackson, Gregg Popovich, Don Nelson o Lenny Wilkens... Pero hoy, aquí, no quiero hablar de los tópicos, como que entrenó a los Portland Trail-Blazers en una de las eras más exitosas de su historia (dos finales de la NBA perdidas en tres años, frente a Pistons y Bulls, y otra final de la Conferencia Oeste que perdieron frente a los Lakers de Magic Johnson), sus gloriosos años en Sacramento, donde llevó a los Kings a la mejor era de su historia, o sus más postreros años en Houston y Minnesota. Tampoco que antes que entrenador fue también jugador, llegando a disputar hasta 7 temporadas en la NBA de finales de los 60 y principios de los 70... No, ya que todo esto lo situaría más o menos en la élite histórica de los banquillos, pero siempre a la sombra de los que consiguieron muchos anillos -eso que siempre se le resistió-; a los acaparadores de títulos como Auerbach, Riley, Jackson o Popovich... No, Adelman merece ser destacado principalmente por algo en lo que fue único, en lo que fue sublime, en lo que fue un auténtico filántropo del baloncesto en medio de su era más oscura.
Para mi, la desaparición de Adelman en cuanto al baloncesto, es como la desaparición de Miles Davis o John Coltrane para el Jazz. Anillos aparte (y aquí no es el momento ni el lugar para mencionar lo ocurrido en las finales de la Conferencia Oeste del 2002), la contribución de Adelman al baloncesto, principalmente al frente de los Kings, es equiparable al "Kind of blue" de Davis o al "A love supreme" de Coltrane; Excelencia, magia, belleza, sublimación de la esencia del baloncesto, en definitiva, el cielo en la tierra.
Sin dejar el Jazz, el gran "Wynton Marsalis", ilustre músico de Jazz y gran amante del baloncesto, a menudo compara el deporte de la canasta con el Jazz, debido a la magia, la improvisación, la destreza necesaria para llevarlos a altas cotas de ambas disciplinas, y en eso, exactamente en eso, nadie en la historia de los banquillos NBA -y me reitero en lo de títulos aparte- ha logrado alcanzar el nivel de belleza, magia y excelencia de Adelman, con la ilustre excepción de Jack McKinney, ilustre desheredado de la gloria del baloncesto, quién fue el verdadero creador del llamado "Showtime" de los Lakers de los 80, posteriormente continuado y consagrado por Pat Riley.
Este es el perfecto ejemplo de que la historia a menudo no es justa con sus mayores genios... Adelman y McKinney, los Miles Davis y John Coltrane del baloncesto, a pesar de dejar un legado estéticamente imborrable, se retiraron, y posteriormente fallecieron, sin la gloria que otorga un anillo...
...Pero siempre nos quedarán sus Kings, los Kings de Webber, Divac, Williams, Bibby, Stojakovic, Christie y cia... O lo que es lo mismo, el cielo en la tierra.
Las nuevas generaciones parece que valoran más a los Suns de Mike D'Antoni que a los Kings de Adelman, a pesar de ser también otro gran equipo sin anillo, y diría que, aparte de por ser algo más recientes en el tiempo, también porque anticiparon, en medio de una época todavía muy oscura -dominada por mucha permisibilidad en los contactos, muchos aclarados para que se la juegue el bueno y anotaciones muy bajas-, lo que llegaría después, liderados en pista por el mejor Steve Nash de la historia y con la famosa filosofía del "7 seconds or less" por bandera... Craso error.
D'Antoni fue revolucionario, sí, ver jugar a aquellos Suns era electrizante, sí -especialmente por como se jugaba en aquella época-, y su juego era vertiginoso y no apto para cardíacos, también, pero jamás de los jamases, a pesar de la calidad de Nash, llegaron a alcanzar la belleza estilística y la magia de los Kings de Adelman.
Gracias, Rick, por haber hecho descender un pedazo de cielo hasta los mismos confines del infierno, y opacar las llamas del averno con tu luz, con tu magia, con tus compases de "Kind of blue", con tu enorme e impagable contribución a la historia de este deporte, y muy especialmente a las páginas doradas dedicadas a la belleza más intrínseca del mismo.
Descansa en paz... Y gracias por tanto.
